Todos los conductores saben que se necesita más distancia para frenar en una superficie mojada que en una seca, pero la mayoría no saben que la diferencia es muy elevada. Como se demuestra en estas dos velocidades que presentamos como ejemplos, por término medio un automóvil:
A 97km/h, en una superficie seca, necesitara 43 m para frenar, pero en una superficie mojada …. 85 m.
A 120 km/h, en una superficie seca, necesitara 73 m para frenar totalmente, mientras que en una superficie mojada …. 170 m.
Hace cerca de treinta años atrás, junto con la revolución productiva y la globalización de los mercados, también se instaló en nuestro país la llamada «industria del juicio» que aprovechó cada grieta legal existente y cada nueva interpretación posible de la jurisprudencia laboral para arremeter contra compañías que supuestamente habían perjudicado de alguna manera a sus empleados.
En la actualidad el panorama no dista mucho del que se veía en los años ’80 y ’90. Si bien parte de la legislación ha sido modificada, en lo que a derecho laboral respecta, las empresas casi siempre quedan en desventaja frente a los reclamos judiciales de su personal.
Esta suerte de «inseguridad jurídica» a la que cualquier compañía está expuesta hizo que el papel del Gerente de Recursos Humanos de una organización incluyera, dentro de sus características de líder, capacitador y buen selector, también el conocimiento de elementos básicos del derecho laboral para así prever y evitar situaciones que, a futuro, pudieran provocar algún reclamo judicial por parte del personal.
Si bien todas las compañías cuentan con un departamento legal, propio o tercerizado, que es el que actúa una vez iniciada una demanda contra la firma; el conocimiento –por parte del área de Recursos Humanos- de las leyes laborales, las asociaciones gremiales y de las particularidades de la actividad de su propia empresa, permite vislumbrar futuros conflictos, negociar y modificar situaciones que puedan acarrear juicios en los que, casi siempre, termina perdiendo la empresa. Por eso, la carrera de Recursos Humanos y Relaciones Laborales permite formar profesionales versátiles de suma necesidad, que conozcan la importancia del derecho en el área de RRHH y que permitan a las empresas no sólo apuntar a mejorar la calidad y optimizar las ganancias, sino también a minimizar costos y evitar pérdidas por vía judicial.
Organizar el trabajo no solamente permite mejores resultados económicos, sino también prever accidentes y evitar enfermedades profesionales.
Concebida para optimizar las ganancias de una empresa, la organización laboral es la forma de trabajo adoptada por una compañía en base a la labor que cada empleado realiza. Sin embargo, organizar el trabajo no solamente permite mejores resultados económicos, sino también prever accidentes y evitar enfermedades profesionales.
Los estudiantes de la carrera de Higiene y Seguridad en el Trabajo saben bien eso, porque durante su formación profesional estudian las distintas formas de organización que existen en la empresa moderna y analizan las ventajas y los riesgos que cada una de ellas suponen.
Elegir un tipo de organización laboral no es cuestión de gusto empresarial sino de análisis profesional ya que son muchos los factores que determinan cómo organizar un trabajo según la actividad que se realice.
Hay empresas con una organización laboral rígida donde el trabajo del empleado es más físico que mental, con manejo de máquinas de ritmo repetitivo y trabajo monótono (por ejemplo: automotrices, talleres textiles, envasadoras, empaquetadoras y cualquier tipo de industria en general) en las que el empleado –por lo general- no interactúa con nadie, ni toma decisiones o planea estrategias: sólo maneja su máquina y mira –por ejemplo- la cinta mecánica, la mezcladora industrial, o las agujas de la máquina con la que cose. Este tipo de actividad puede, por la monotonía y el aislamiento, llevar a un déficit de atención del empleado ocasionando accidentes laborales. Los técnicos superiores en Higiene y Seguridad laboral conocen los riesgos y es por eso que, en las compañías con este tipo de organización, plantean determinadas medidas de seguridad, elementos de protección personal y sistemas de supervisión y contención para minimizar la posibilidad de accidentes de trabajo.
Otras empresas, por su tipo de actividad, tienen una organización laboral más abierta donde los trabajadores gozan de mayor autonomía, organizan su trabajo, deciden y resuelven algunas cuestiones y hasta trabajan para cumplir objetivos decidiendo, ellos mismos, la forma de cumplirlos. Quienes se dedican a la comercialización, la atención al público o a brindar servicios integran este tipo de organización laboral donde no hacen trabajos sistemáticos como los operarios sino que se autogestionan.
Pero este tipo de organización también tiene sus desventajas ya que, si bien estos trabajadores no están en contacto con máquinas ni se mueven dentro de una plataforma industrial donde pueden sufrir algún accidente, el riesgo que corren está asociado a las enfermedades profesionales del tipo psicosocial como el estrés y el distrés. Y es también aquí, en este tipo de compañías, donde los técnicos superiores en Higiene y Seguridad buscan la manera de minimizar los riesgos de enfermedades profesionales ya que durante el curso de su carrera fueron entrenados en materias como psicología laboral y sociología del trabajo para evitar que sus empleados sean víctimas de trastornos psicosociales ocasionados por el empleo.
Los gérmenes también «viajan» con las personas y así se trasladan de un lugar a otro usando como principal medio de transporte, nuestras manos cuando están sucias.
La limpieza y el aseo personal previenen enfermedades. Vos, ¿cuántas veces te lavaste las manos hoy?
Mantener el ambiente de trabajo ventilado, limpio y desinfectado es una de las medidas preventivas más comunes y necesarias a la hora de combatir gérmenes y evitar enfermedades de fácil propagación en espacios cerrados y poblados.
Sin embargo eso sólo no es suficiente: el aseo personal del trabajador juega un papel importantísimo en esa misma batalla ya que los microorganismos no solo anidan en un baño mal higienizado, en el tubo de un teléfono sin desinfectar, o en la pantalla táctil de un cajero automático. Los gérmenes también «viajan» con las personas y así se trasladan de un lugar a otro usando como principal medio de transporte, nuestras manos cuando están sucias. Por supuesto que los portadores no somos sólo nosotros: compañeros de oficina, clientes, proveedores, el taxista que hoy nos llevó, el mozo que sirvió el almuerzo, el pasamanos del colectivo; toda persona u objeto (principalmente los billetes y las monedas) tocados por personas, puede ser portadores de gérmenes y sin querer, nosotros podemos llevar las bacterias del picaporte de la puerta del trabajo a casa, o los gérmenes de nuestras mascotas, por ejemplo, al trabajo.
Por eso el lavado de manos, constante y permanente, es esencial para protegernos nosotros y a los nuestros. Antes de salir de casa, al llegar al trabajo, luego de ir al baño, antes y después de comer o cocinar, y otro montón más de situaciones cotidianas son propicias para lavarnos las manos, eliminar posibles gérmenes y prevenir enfermedades.
La toma de conciencia sobre la importancia de lavarnos las manos y la educación –tanto en chicos como en grandes- para adquirir el hábito de higienizarnos permanentemente, son dos conductas que, de no tenerlas, debemos implementarlas; y de practicarlas, tenemos que mantenerlas. Sólo así se minimizarán los riesgos y se ganará en prevención y seguridad.
En 1970 un ambientalista estadounidense instauró la fecha para concientizar al mundo. Cuatro décadas después, ¿cómo estamos?
La idea de celebrar el Día Internacional de la Tierra fue promovida en EEUU por el senador y activista ambientalista Gaylord Nelson que ya por ese entonces veía con preocupación la forma en que los recursos naturales del planeta eran tratados por corporaciones, industrias e individuos de todo el mundo. Problemas como superpoblación, contaminación o la conservación de la biodiversidad ya se hacían notar con fuerza, y organizaciones sociales y activistas ambientales comenzaron a ejercer presión para crear conciencia común sobre la necesidad de preservar el medio ambiente.
El 22 de abril de 1970, dos mil universidades, diez mil escuelas primarias y secundarias y centenares de comunidades, se concentraron en lo que fue la primera manifestación en reclamo de medidas políticas y leyes que protegieran al planeta. La respuesta del gobierno estadounidense no tardó y creó la Environmental Protection Agency (Agencia de Protección Ambiental) que, a través de la Organización de las Naciones Unidas, instó a los gobiernos del mundo a tomar medidas que contribuyeran a la preservación de los recursos naturales y a la no contaminación.
En conmemoración a esa primera manifestación pública de ciudadanos reclamando una «conciencia verde» es que se instauró el 22 de abril como el Día Internacional de la Tierra, una fecha que no pertenece a ningún sector ni bandería política o ideológica, sino, a todos los individuos ambientalmente conscientes que se identifiquen con la vida, ya que la fecha invita a tomar consciencia -todos los días del año y no sólo el 22 de abril- sobre la necesidad de proteger los recursos naturales de la Tierra, elementos sin los cuales, no podría existir la vida.
Esta lucha por la toma de conciencia comenzó hace 41 años. Cuatro décadas de árboles plantados, de bosques recuperados, de humedales y reservas de agua potable protegidas. Pero también cuatro décadas de avances tecnológicos, de accidentes nucleares y de desastres naturales.
Hoy la lucha tal vez no sea por la toma de conciencia sobre la necesidad de proteger el medio ambiente, tal vez es hora de preguntarnos ¿habremos hecho lo suficiente para protegerlo realmente?