El agua, un bien a cuidar

Es necesario movilizar la conciencia social para promover desde la infancia el hábito de preservar tan vital elemento.

El 97% del agua existente en el planeta se aloja en océanos y mares, de ahí que no sea apta para el consumo por su salinidad. Del 3% restante, una parte compone los casquetes polares y los glaciares montañosos. Del resto, nada más que el 1% es potable y accesible al ser humano que, por largos siglos, sólo consumió entre 2 y 3 litros diarios.

Con los avances de la civilización el consumo creció incesantemente, especialmente en las áreas urbanas de los países desarrollados, donde hoy se estima que el consumo individual se ha centuplicado con relación a lo que fue en un comienzo.

Ese aumento, ya en el grado de despilfarro, ha ido unido a una severa desigualdad en las posibilidades de poder contar con ese bien. Así es como 1.300 millones de personas en el mundo viven la penuria cotidiana de la escasez o la carencia del agua potable. A esa dura realidad se agrega un proceso de continua contaminación de ríos y lagos, afectados por la descarga de efluentes cloacales sin tratamiento, causa de enfermedades por la cual mueren más de 6.000 niños diariamente, sobre todo en regiones donde el desarrollo todavía es una mera promesa.

Datos tan dramáticos como los citados llevaron a la ONU a consagrar un Decenio Internacional (2005-2015) para promover una acción global en defensa del Agua para la Vida.

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Mucho es lo que se debe hacer en nuestro país en ese sentido. La Organización Mundial de la Salud estima que 50 litros diarios satisfacen las demandas de agua para aseo y alimentación.

La Ciudad de Buenos Aires marca un tope en cuanto al uso sin medida: 612 litros diarios, un 22% más que dos décadas atrás. El Río de la Plata, fuente privilegiada de abastecimiento para la población del Gran Buenos Aires, no cesa de contaminarse y, como consecuencia, el proceso de potabilización se torna más difícil y gravoso. Los cursos de agua que descargan en el cauce rioplatense contribuyen a ese problema y el sistema Matanza-Riachuelo ofrece el peor ejemplo de larga vigencia que pone en riesgo la salud de un área densamente habitada. Incluso el recurso de las aguas subterráneas de las que cuenta el país con grandes reservorios, como los acuíferos Pampeano y Puelche, estaría recibiendo material tóxico, según habría podido comprobarse a través de estudios realizados por Ana Herrero y Leonardo Fernández de la Universidad Nacional de General Sarmiento. La suciedad y el deterioro del agua amenazan en numerosas regiones del país, ya sea en la cuenca del Salí, del lago San Roque o del Paraná.

Antes de caer en el llamado estrés hídrico, que alcanzaría a las dos terceras partes de la población mundial cuando el consumo sobrepase en un 10% a los recursos renovables de agua dulce, habrá que movilizar la conciencia social del país y del mundo con renovados argumentos motivadores que promuevan desde la infancia el hábito de preservar el agua potable de ríos, lagos y glaciares, evitar su derroche y contaminación.

Sin suficiente caudal de ese elemento indispensable, la vida es inconcebible.

Fuente: Diario La Nación.

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Testimonios

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— Marcelo - Seguridad e Higiene en el Trabajo

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